lunes, 18 de octubre de 2021

CUATRO PALABRAS SOBRE LA ESPADA Y EL LAÚD DE DON JUAN PALOU Y COLL.

CUATRO PALABRAS

SOBRE

LA ESPADA Y EL LAÚD

DE

DON JUAN PALOU Y COLL.

Aquel criadero de incomparable poesía, aquel palacio encantado de la imaginación, aquella palestra de las pasiones más sublimes, aquel paraíso del pensamiento nacional que, galeote sin ventura de todas tiranías, allí sólo encontraba refugio deleitable, aquel teatro español, de veneranda y gloriosísima memoria, es hoy vergüenza de propios y menosprecio de extraños. Una turba bullidora de inteligencias ruines hormiguea allí en donde ingenios peregrinos, convirtiendo la quinta esencia de sus espíritus en rimas puras como el oro y musicales como la plata, despertaban con ellas el sonoro corazón de las muchedumbres. Lo que más caracteriza a esos jornaleros a destajo que, salvas poquísimas excepciones, señorean la escena patria es, amén de su fecundidad verdaderamente milagrosa, lo débil, enfermizo y miserable de su numen. No busquéis en sus raquíticos engendros un sólo átomo de vitalidad sana; todos nacen éticos. Por esto, lejos de recibir con desvío producciones como La Espada y el laúd que, si de algo pecan es de exceso de fuerza y plétora de vida, hoy más que nunca deberían acogerse con gratitud señalada. Si algún lunar tiene esta obra inspiradísima, hijo es de un verdadero genio dramático; y valen más los extravíos del genio que los aciertos casuales de la necedad.

El Sr. Palou acostumbra dar sus reñidas batallas de pasiones y sentimientos dentro de un espacio muy angosto, y en él guerrean con encarnizado empuje, sin que apenas sufra menoscabo la destreza de las maniobras, ni amaine un punto la serenidad del que las dirige, ni el ardoroso brío de los contendientes haga degenerar el combate en confusa y desordenada pelea. Sin embargo, a ser más autorizada nuestra voz, aconsejaríamos al Sr. Palou que procurase ensanchar algo el ceñido círculo en donde luchan los afectos y pasiones de sus dramas, disminuir el número de los combatientes y no efectuar las operaciones con tan vertiginosa rapidez. Sus luchas dramáticas tienen espectadores y pueden estos no ver tan claro desde fuera del palenque como el autor desde dentro; y por lo mismo, no tributar completa justicia a su portentosa habilidad.

De lo que llevamos dicho, implícitamente se deduce que, en nuestro humilde sentir, lo que más enaltece los dramas del Sr. Palou es su valor psicológico. El de La Espada y el laúd es a todas luces acendrado. Para justipreciarlo debidamente basta fijar la atención en los caracteres principales que descuellan en el drama que nos ocupa.

AUSIASMARCH... (Ausiàs March, poeta valenciano, en lengua valenciana) Verdadera encarnación de la poesía contemplativa enguirnaldada con la celeste aureola de un amor puro y extático, es una figura arrancada de los versos mismos de aquel gran poeta provenzal. Su alma es toda profundo lirismo y reconcentrada pasión. En carecer de carácter exteriormente activo consiste y debe consistir su carácter, pues su actividad es eminentemente interna. De esta clase de levantados espíritus pudiéramos decir, a perdonársenos lo técnico de la frase en gracia de su actitud, que su fuerza centrífuga es insignificante, y poderosa, por lo contrario, su fuerza centrípeda. Si alguna vez, menos por motivos de utilidad práctica propia o ajena que a impulso de móviles puramente abstractos, toman parte en los acontecimientos del mundo exterior, suelen hacerlo de una manera brusca o distraída y floja. Viven como anacoretas en el silencioso retraimiento de la meditación o en el oasis regalado de la fantasía:

y sólo penosamente salen de estas regiones intelectuales. He aquí por qué el Sr. Palou ha dado a su protagonista cierto carácter relativamente pasivo, he aquí por qué la hazaña que realiza es tan maravillosa como instantánea; he aquí por qué guarda en la acción cierto aire, digámoslo así, desorientado que es su mayor y más artística belleza. Para él, su adorada Teresa no es simplemente un dechado de hermosura y un ángel de pureza, es el imán de su imaginación acalorada, el astro radiante del cual su alma es girasol. El ultraje sangriento hecho por Don Martín a su honor y a sus blasones, a trechos, a ráfagas encienden su ira, pero no logran desquiciar su corazón del arrobamiento lírico y amoroso que le avasalla. Finalmente: cuando su hermana Beatriz le enseña súbito al villano raptor de su honra, Ausias sediento de venganza y próximo a lanzarse sobre su presa, se detiene de pronto y exclama en son de reconvenirse a sí mismo:

¡Ay! ¡ídolo mío!...
¡ya me olvidaba de ti!

¡Triunfo del amor absorbente del poeta que arrastra todas sus potencias espirituales al centro de su alma, alcanzado a costa de otro sentimiento expansivo y diametralmente contrario! ¡Rasgo magistral, pincelada profunda que pone en claro de repente el carácter del poeta enamorado!

TERESA... Pocas veces hemos admirado en la escena una personificación tan sublime del amor femenino. Teresa ama con su cerebro, con su corazón, con sus nervios, con todo su ser. Ama como amarán las mujeres el día que Dios se digne realizar en su alma algunas mejoras urgentes. La gloria del trovador y los hechos hazañosos del soldado cautivan la parte poética y fantaseadora de su espíritu; la gratitud, por haber salvado la vida a su hermano y a ella, acendran su irresistible simpatía; súbela de punto la férrea voluntad de su padre, que la obliga a casarse con un ambicioso de aviesos y vulgares instintos. Su amor recorre toda la escala cromática de la pasión, delicada y fuerte a un tiempo, hasta estallar en el do de pecho del último acto. Nace en el cielo de su alma, un amoroso afecto, cual nubecilla atornasolada y leve: poco a poco se espesa y aploma; la surcan a ratos ráfagas de pasión incandescente, conviértese por fin en una tempestad.
Después que Rebolledo ha explicado a Don Martín el horroroso peligro que acaba de correr su hija, y del cual bizarramente ha triunfado el heroico esfuerzo de Ausias March, dice:
TERESA. ¡Padre!
REBOLL. ¡Qué quieres!
TERESA. (Besándole la mano.) ¡Ay, padre!

(Bajo después de mirar con recelo y aversión a Martín.)

¿Me amáis?
Con este rasgo profundamente delicado indica Teresa su afecto por Ausias, su odio al capitán, y toma el pulso al corazón de su padre para calcular los grados de resistencia que podrá oponer su cariño paternal al que ella siente por el poeta guerrero. Si en tan tremenda lucha queda vencida, no por esto llevará al odiado verdugo de su dicha ni un pensamiento criminal. La fortaleza de su virtud le inspira los siguientes versos:
«Que la que noble ha nacido

y por fiel y honesta pasa,

no ha de llevar cuando casa,

una lágrima al marido.»

Aquel maravilloso instinto que crece y se desarrolla al abrigo de toda pasión, hace adivinar a Teresa, que para el apetecido vencimiento necesita auxiliares. Empieza por conquistarse las simpatías de Beatriz, aun antes de saber que era la hermana de su amado. Pero si nadie la ayuda, si las armas con que su ingenio cuenta son inservibles, armado está su corazón, hercúleo es su brío: luchará sola.
Violante le dice:

Nadie en tu apoyo hallarás.”
Y ella contesta:

¿Sí? pues mira, eso bastara

para que yo más le amara...
si pudiera amarle más.”
Así procede la pasión en hidalgos pechos.
¿Queréis amilanar a los ruines? Dejadles solos en el combate.
¿Queréis envalentonar a los esforzados? Negadles todo auxilio.

El tercer acto de La Espada y el laúd es un volcán, las pasiones del drama rebientan en tremendas erupciones. La de Teresa ruge, truena, estalla. Sabe Rebolledo, ya convertido a la religión apasionada de su hija, ya enemigo de Don Martín, que éste prepara, junto con Garcés, una emboscada para asesinar a Ausias apenas salga de la cárcel, en la cual una orden del rey le tiene preso; sabe también que Violante y Teresa para esquivar la indignación formidable del monarca, han ido a romper sus prisiones. ¡Trance cruel! Vuela a impedir la catástrofe amenazadora.

REBOLL. (Va a la puerta y exclama):
¡Maldición!...

¡Abierta! ¡Instante cruel!

Si es cierto lo que ha contado

Doña Beatriz, y han librado

a Ausias March... ¡Mísero de él!...

Le asesina ese traidor...

Aún le puedo yo salvar.

Vamos antes a mirar

si aún está preso.

Teresa y Violante acechan entre la sombra a este bulto que la oscuridad no les permite reconocer. Primero le creen enviado del rey para impedir la fuga de Ausias.

Después un pensamiento desvariado, aunque compatible con la violenta zozobra que las enloquece, las hace sospechar que es el rey en persona. Una idea se les ocurre de golpe, una idea esencialmente propia de dos mujeres, unidas por el lazo de fuego de una común exaltación: encerrar al hombre de cuya repentina llegada a la cárcel auguran las más terribles consecuencias para el objeto de sus cuidados. Con dos pinceladas centelleantes rasguea el autor la situación moral de Teresa.

PRIMERA.

VIOL. (Aplicando el oído a la puerta.) Este hombre ya baja.

TERESA. Es ley.
que espere hasta que mi amante
trasponga el Ebro, Violante.

VIOL. ¡Si es el rey!
TERESA. ¡Que espere el rey!

SEGUNDA.

REBOLL. (Dentro, con voz de trueno, empujando la puerta): ¡Abran!

TERESA. ¡Padre!

REBOLL. ¡Que asesinan

a Ausias March!

Ter. y Viol. (Alteradas): ¡Jesús!
REBOLL. Abrid.
TERESA. (Pidiendo a Violante la llave, que ella misma estrecha convulsivamente en su mano): ¡La llave, la llave!

¡Si esto no es unir la más exquisita naturalidad con la mayor violencia de la pasión, confesamos paladinamente que desconocemos las leyes más rudimentarias del corazón humano! Si un amor tan magistralmente dramático no merece los aplausos de la prensa y del público, peor para el público y peor para la prensa.

BEATRIZ... Nada exaspera tanto a los corazones leales como una torpe y

cobarde villanía: por esto la culebra de un odio mortal se enrosca en el de Beatriz, apenas se ve infamemente abandonada por el ladrón de su honra. La madre de Beatriz baja al sepulcro anonadada bajo el peso de tan atroz desventura: esto acaba de enconar su herida, y presta cierto sello sagrado a sus propósitos de venganza. Toda la sustancia de su alma se hace odio odio egoísta, odio sin tregua, sin descanso, sin cuartel. El valor de su hermano, el amor de Teresa, son para ella dos dagas de acerada punta. En Ausias y en su amada sólo mira dos poderosos instrumentos de su vengadora misión. No será ella quien pordiosee la mano de su enemigo para satisfacer las sandias exigencias de una sociedad cuyo voto desdeña. Quédense estas miserables transacciones que el mundo apadrina para las mujeres al uso cuya rastrera virtud sólo es en el fondo miedo del qué dirán. Beatriz ha salido del claustro, en donde con fingido nombre moraba, para lavar la mancha de su honor con la sangre vil del que se lo ha robado; una vez satisfecho su anhelo, al claustro volverá. Así sale de su cueva solitaria la ensañada leona en busca del que la arrebató a sus cachorros, le encuentra, le acomete, se embriaga con su sangre, y rugiendo de terrible júbilo, entra otra vez en su guarida.

REBOLLEDO. Hay en él dos hombres en uno: el hombre de dos limpios pensamientos, de noble, alto y vigoroso sentir, y el hombre de preocupaciones aristocráticas, amigo de sus blasones y ganoso de acrecentar el lustre y poderío de su casa. El primero aboga entusiasta por Ausias March, y con el fuego de la más entrañable convicción, pondera su heroísmo y la gloria poética que en los torneos del gay saber alcanzará. Mima el otro su orgullo y encarece los medros que a sus timbres y a su fortuna acarreará el casamiento de su hija con Don Martín que un fatal compromiso abona, y la voluntad de un rey terrible ordena. Estos dos hombres luchan y forcejean a brazo partido en la arena calcinada de su espíritu, ora uno, ora otro miden el suelo hasta que el hombre natural vence al artificial, y triunfa de la nobleza de blasón la del alma. Toda la del valeroso anciano brilla en los siguientes versos:
“Oíd, y Dios es testigo
de que estoy acostumbrado
a sentir, como soldado,
mucho más de lo que digo.”
Y centellea en estos otros que profiere rabioso al temer que Don Martín y Garcés haya tenido la alevosía de asesinar a Ausias:
REBOLL. “La impunidad se prometen...
(A Teresa que quiere irse por la derecha.)
¡Quieta! - Si el crimen cometen...
¡Canas mías!...
(Saca la espada y dice con desvarío.)
¡Hierro mío,
que la misma edad contáis,
de mi vida honradas huellas...
maldición en ti... y en ellas...
si en su sangre no os bañáis!”
Así se expresa el héroe canoso, en quien la nieve de los años no ha enfriado la bravura del corazón!
DON MARTÍN... Carácter crónicamente vulgar amasado con el cieno de un libertinaje sin imaginación y de una vanidad desenfrenada. Por capricho sedujo a Beatriz; por haber mejorado de fortuna la abandonó; por ambición y codicia desea enlazarse con Teresa. Así son y han sido y serán todos estos tenorios en calderilla que la putrefacción social engendra, que las mujeres miman, que la impunidad envalentona, que el mundo premia con los resplandores de un prestigio tan majadero como infame.
Dos acciones hay en La espada y el laúd, pero que convergen a un foco común. Forman dos círculos concéntricos, de los cuales el amor de Teresa es el círculo máximo, la venganza de Beatriz el círculo mínimo, y Ausias March el centro. Los demás personajes son otros tantos radios.
Por lo mismo es indudable que Ausias March es el verdadero protagonista del drama mencionado, aunque conserve en la acción el carácter exteriormente inactivo de que hemos hablado antes. Enumerar los bellísimos pormenores de fondo y forma que lo avaloran, sería tarea por demás prolija. El ligero análisis que de sus admirables caracteres acabamos de hacer, basta para señalar dicha producción como joya de muchos quilates, que una conjuración de circunstancias desgraciadas no ha permitido al público ni a la prensa de Madrid apreciar debidamente.
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domingo, 17 de octubre de 2021

LA CAMPANA DE LA ALMUDAINA, DRAMA ORIGINAL DE DON JUAN PALOU Y COLL.

LA

CAMPANA DE LA ALMUDAINA,

DRAMA ORIGINAL DE

DON JUAN PALOU Y COLL.

I.

Isla dorada llaman a Mallorca sus naturales, y bien pudieran llamarla Isla de oro. Una sonrisa de Dios la hizo brotar llena de hermosura en medio de las aguas del Mediterráneo. La cobija con amor un cielo de azul claro, la orean aires puros y deleitables y sus entrañas dadivosas pagan con usura la solicitud del hombre.
En las cumbres de sus montañas altísimas crecen el romero, el boj, el tomillo, el lentisco, el brezo, el enebro y la alhucema, cual si quisiesen aromatizar de cerca el trono del Señor: más abajo se asientan y fortalecen espesos bosques de pinos y encinas; en las laderas los olivares hacen ostentación de su fruto bendecido, y en las faldas mil viñas, huertas y jardines lujosamente desplegan su pomposa ufanía. El marinero percibe desde lejos el olor suavísimo de los limoneros y naranjales que piadosas le traen las auras del mar. Corren por todas partes las aguas, ora sueltas y libres entre olmos y álamos blancos, ora aprisionadas en multitud de acequias toscas vestidas de yedra y musgo. El caserío de pueblos y aldeas, tan pronto se encarama desparramándose por los riscos y pendientes, cual bandada de palomas que hacen alto, como se ajunta y recoge en hondos valles a manera de ovejas que se apiñan a los gritos del pastor. El frecuente contraste que forman las magnificencias del cultivo con los horrores más sublimes de la naturaleza salvaje, da a los paisajes de la isla un carácter maravilloso de originalidad.
¿Qué mucho que trinen ruiseñores en un vergel tan floreciente y deleitoso?
¿Qué mucho que en tan poético país haya poetas de valía?

Rigurosa justicia es, y nada más, dar entre ellos el asiento de preferencia a uno de los restauradores más beneméritos del habla lemosina, Mariano Aguiló, que ha versificado siempre en este antiguo y glorioso idioma, en menoscabo de la extendida celebridad que merece, pero con singular provecho de sus propias concepciones. Digno rival, a veces, de Tomas Moore, deslumbra con la esplendidez de su fantasía exuberante, otras parece inspirado por la musa de Schiller; tal es la profunda intención de su lirismo y la magistral sobriedad que en sus baladas históricas y tradicionales resplandece. Quien haya leído Esperanza, Una visita a los muertos, El entendimiento y el amor, A un ciprés, A Dios, D. Alfonso de Castelnegro y las poquísimas composiciones poéticas que ha dado a luz aquel escritor, no encontrará ciertamente sobrado nuestro elogio. - José María Quadrado, que goza de indisputable nombradía en España como apologista católico, historiador y publicista, es entrañablemente patético en El último Rey de Mallorca, ideal y levantado en Aspiración, y revela gran fuerza dramática en Armadans y Españols. Los verdaderos amantes de las letras patrias deploran que ingenio de tanto valer no cultive la poesía con ahínco y constancia. - Tomás Aguiló, aleccionado tempranamente en la dura escuela del desengaño, toma por inspiración su quejumbroso aburrimiento y traduce en estrofas la flojedad y cansancio de su alma. Unas veces se entusiasma con las pueriles ilusiones de un amor petrarquista, otras imita con notable acierto, y no pocas se encumbra a muy altas esferas, circunstancia inconcebible en quien tiene a Renjifo por maestro. Paciente joyero del ritmo, infatigable buscón de consonantes difíciles y más disertador que poeta, ha sabido llorar con todas las reglas del arte y enardecerse sin soltar nunca las andaderas gramaticales. Debemos añadir, sin embargo, a fuer de justos, que algunas de sus Rimas varias y sus Baladas mallorquinas son joyas de subido quilate y felicísimas excepciones de la soñolienta monotonía que por lo general distingue sus composiciones. - Miguel Victoriano Amer no ha necesitado más que rimar los latidos de su corazón para encontrar en los ajenos dulce y tierna consonancia. Con dos alas de oro se eleva su musa a las regiones de luz; con la caridad y la esperanza. Sencillo, apacible, resignado, sus versos son, por decirlo así, la respiración tranquila de su alma. ¡Feliz quien la tiene tan hermosa con Miguel Victoriano! ¡Feliz quien, como él, no sabe cantar sin mirar el cielo, ni mirar el cielo sin cantar! - Las poesías de Gerónimo Rosselló se caracterizan por lo delicadas y primorosas. En sus Hojas y flores hay sonetos de admirable contextura, romances lindísimos, odas de robusta entonación y elegías llenas de sentimiento.
- Victoria Peña y Joaquín Fiol debieran dedicarse con empeño a la poesía. Dotada la una de bastante imaginación y de exquisita sensibilidad el otro, la modestia excesiva de sus pretensiones literarias les impide utilizar debidamente dotes de tan alto precio.

No hace mucho tiempo que el menos conocido de los poetas baleáricos era Don Juan Palou. Los celadores de la literatura mallorquina no se habían dignado extenderle pasaporte para el Parnaso. Su nombre era el de un simple mortal para aquellos semidioses. Ahora todos le conceden un puesto de honor en su olimpo. Ahora el deslumbrante resplandor de su gloria eclipsa las demás. Las nieblas del desdén y de la duda se han disipado. El drama de Palou se pasea triunfalmente por todos los teatros de España, con la tranquila seguridad del que ha hecho prisionera a la victoria. ¿Por qué La Campana de la Almudaina ha obtenido un éxito tan asombroso y universal?

Aparte de las dotes extraordinarias que lo avaloran, debe a circunstancias especialísimas la unanimidad, sin ejemplo, con que ha sido aplaudida. Para señalarlas no se necesita ser un fenómeno de sagacidad; basta conocer superficialmente los vicios radicales de que adolece la escuela dramática de más reciente boga (voga en el original) en el teatro español, y las necesidades estéticas que el público sentía cuando se puso en escena La Campana de la Almudaina.

El drama romántico se inauguró en España con una obra memorable que, siendo producto del espíritu más irresistible de imitación que en la literatura europea modernamente se ha enseñoreado, conserva un sello profundo de nacionalidad. Concepción tan original y grandiosa ha tenido una prole bastarda, en mengua de la escena española, nodriza de las demás en épocas de gloriosa recordación. Los mancomunados esfuerzos de la cultura social y del buen gusto lograron arrojar al crimen del teatro que cedió completamente el puesto al vicio cuya indulgente condición y dorado libertinaje le rodean siempre de simpatías. Más tarde, temeroso el drama de que su negra reputación la malquistase para siempre con la gente sesuda, determinó formalmente moralizar su conducta hasta entonces escandalosa, llevando a todo trance en la boca virtud y buena doctrina. Por fin, dando un paso más, ha lavado sus iniquidades con una confesión general en regla, ha entrado seriamente en negociaciones con Dios, y de sirena pecaminosa, se ha convertido en misionero apostólico.

Desde entonces su devoción edifica, fervor religioso le hace acreedor, en concepto de muchos, a la borla de doctor seráfico. ¡Oh milagros de la gracia! Algunos ascetas de quevedos y guante blanco, aspirando sin duda a los honores póstumos de la beatificación, ocupan nuestro teatro, y no está lejano el día en que veremos poner en escena Los diez mandamientos de la ley de Dios y Los cinco de la Iglesia, Los soliloquios de San Agustín, y El Flos Sanctorum por añadidura. ¿Y quién sabe si tendremos la fortuna de ver a la entrada de los teatros españoles una pila de agua bendita y de ganar, asistiendo a ellos, indulgencia plenaria?

Lejos, muy lejos estamos de ridiculizar la reacción saludable que ha sido la causa primordial de nuestro drama religioso; lo que conceptuamos absurdo es la forma

que actualmente se da a un impulso tan bello y regenerador. Cualidad esencial de las composiciones teatrales es la acción, no la oratoria. La moral debe brotar espontáneamente de la acción dramática, o mejor, flotar en ella como una celeste aureola. En las producciones a que aludimos acontece lo contrario. Su acción es nula o desaparece en un océano de disertaciones en verso asonantado, campanudas, huecas, interminables; y su moraleja o quod erat probandum, cuando no de falsa, peca de enojosamente trivial y se prepara, se anuncia, se discute, se motiva con impertinentísima minuciosidad. Por otra parte, ¿cuántas máximas heterodojas, cuántos desvaríos, cuántas blasfemias pueden escaparse a escritores de sospechosa piedad, cuya fé es puramente question d‘ argent, cuya bandera religiosa es una bandera mercantil!

Cansado el público español de no oír en el teatro más que sermones en romance destartalado, discreteo lírico, diálogos sempiternos y sentenciosas majaderías; mal hallado también desde mucho tiempo con las fechorías del melodrama que sólo acertaba a producirle ataques nerviosos; y sediento de verdaderas emociones, no pudo menos de acoger con frenético entusiasmo la obra de Palou que tan cumplidamente llenaba sus deseos. Acontecíale a este público, el más desorientado y acomodaticio de Europa, lo que a un catador que detesta tanto los licores azucarados y flojos que su mala estrella le depara, como las bebidas alcohólicas que sólo convienen a groseros y estragados paladares. El drama de Palou ha sido para él un vino generoso de exquisito sabor y fortaleza, igualmente distinto de los licorcillos ruines que despachan los flamantes evangelizadores del teatro, como de las repugnantes pociones melodramáticas.

Indicada esta circunstancia extrínseca que tan poderosamente ha contribuido al éxito extraordinario de La Campana de la Almudaina, examinemos ahora sus cualidades intrínsecas hasta donde alcance nuestro juicio inexperto y bisoño.

Palou, con no menos atrevimiento que fortuna, ha fundido en la producción que

nos ocupa, la historia, en el crisol de su poderosa fantasía, trasformándola a su antojo. Si tal ejemplo se generalizase, no sólo quedaría bruscamente anulado el drama histórico y rota la cadena de sus legitimas tradiciones, sino que popularizaríanse ideas falsas de las edades que fueron, acrecentándose más y más la desapoderada anarquía que reina en la actual escena española. Sin hablar de aquellos sublimes Ezequieles del arte, Shakespeare, Goëthe, Schiller y otros genios inmortales, cuyas creaciones son más verdaderas que la historia misma; Corneille, Racine y Voltaire que ajustaron sus concepciones imperecederas a principios convencionales y a una etiqueta dramática, ceremoniosa y glacial; Victorio Alfieri, que hizo cómplices a los tiempos pasados de su pasión demagógica у de su odio elocuente contra todas las tiranías; hasta los mismos melodramaturgos que han sido y son los falsificadores más descarados de la historia, nunca han variado radicalmente los sucesos ni creádolos a su sabor, por más que hayan desfigurado los caracteres que intentaban retratar. Palou, cuya alteza de juicio raya tan alto como su ilustración, no desconoce seguramente cuán perniciosa sería esta libertad, aunque con su drama la haya, en cierto modo, autorizado. Fútil de todo punto sería la excusa de que La Campana no lleva el título de drama histórico, pues, sabido es que: le nom ne fait rien a la chose.

En compensación de este defecto radical, la obra de Palou tiene un valor dramático a todas luces subido. Su cualidad predominante es aquella fuerza avara de sí misma que suele constituir el sello característico de la verdadera potencia intelectual. Tan genuina robustez artísticamente moderada por cierto instinto secreto y maravilloso, se armoniza en este drama con una delicadeza suave de sentir sobre manera exquisita. ¡Consorcio admirable que recuerda aquel panal de miel que encontró el más fuerte de los hebreos en la boca del león! En La Campana los caracteres se desarrollan con vigorosa espontaneidad, estalla el diálogo con reconcentrada energía, la palabra hierve sin soltar el freno a su expansivo impulso, y la acción camina con paso firme y seguro a su originalísimo desenlace. Imponderable es su mérito psicológico; si se atiende a la doble y complicada lucha que traban entre sí pasiones llevadas a su apogeo de exaltación y sentimientos intensísimos. Para aquilatar dote de tanta valía basta analizar ligeramente las dos grandes figuras fundamentales del drama: Doña Constanza y el gobernador Centellas. El carácter de la primera nos parece trazado con maestría y es sin duda uno de los más bellos que se han visto en la escena.

Hay un amor de amores inmenso, profundo, inagotable como las entrañas de la divina misericordia; esencia suya son la ternura y la fortaleza; lágrimas, abnegación y sacrificio perenne lo nutren, y también misteriosas venturas y alegrías inefables; todos los idiomas lo apellidan santo, y su símbolo inmortal está en el cielo.
¡Bendito sea el amor de madre! Este sentimiento llevado a su grado superlativo de tensión, señorea despóticamente el alma de la reina viuda. Su Jaime es a un tiempo para ella recuerdo vivo de su desventurado esposo y esperanza de la dinastía cuyas glorias y blasones cubre el luto con su gasa funeral. El ardiente deseo de contemplar a su hijo sentado algún día en el trono ensangrentado de sus mayores, infunde a Doña Constanza, sin igual heroísmo y bizarría, y da a su sentimiento maternal el portentoso alcance y tenacidad de la pasión. En este bellísimo carácter entran como elementos constitutivos su amor de madre, su orgullo de reina, su ambición de reina y de madre, y la ternura que siente por Isabel, hija adoptiva suya.

Centellas tiene el corazón labrado al fuego de una lealtad indomable. Pero el amor que le inspira una hija largos años buscada con afán, y cuyo inesperado encuentro coincide con el peligro terrible, inminente de perderla, si su lealtad no entra en vergonzosas capitulaciones, hace bambolear su berroqueño corazón con tremendas sacudidas. Por otra parte una irresistible simpatía mezclada de gratitud le atrae involuntariamente hacia Doña Constanza.

Esta, lucha a brazo partido con la voluntad del gobernador. Ora sagaz y astuta, ora radiante de centelladora energía, busca afanosamente en el corazón del aragonés la misma poderosa cuerda que en el suyo propio vibra, para socavar los cimientos de su constancia y poner su planta victoriosa sobre el cuello de su obstinada lealtad. ¡Qué sublime terror, cuando los dos llegan a tener pendientes las vidas de sus hijos idolatrados de la vibración de aquella campana cuya cuerda pasa alternativamente a sus manos crispadas!

El instinto de madre hace ver a Doña Constanza que, enardeciendo hasta el frenesí el cariño paternal de Centellas con la amenaza terrible de asesinarla él mismo si toca la campana, le vencerá sin remedio. Por esto da el golpe de gracia a la moribunda lealtad de Centellas gritando con voz aterradora:

¿No quieres? ¿No?

¡Pues bien, tocarela yo!
Movimiento de suprema exaltación, grito más de victoria que de lucha. Ninguna intención tiene de tocar aquella campana cuyo tañido llevaría la muerte al seno de su hijo. Lo único que quiere es acabar de una vez su triunfo haciendo estallar a pedazos el corazón de Centellas, bajo la presión de la más horrorosa angustia.

Sobre manera lógico nos parece este bellísimo carácter, circunstancia de incalculable mérito si se atiende a lo que suben en él de punto las pasiones que lo forman y animan. No brilla esta preciosa cualidad en el carácter de Centellas. ¿Cómo se comprende que este milagro de lealtad se crea irresponsable del crimen de traición que pesa sobre él en concepto de su soberano, por el abrazo de una hija que antes se conceptuaba capaz de sacrificar en el ara de su honor? Recuérdese aquel arranque salido del fondo de sus entrañas:

¡Si por azar

en ser traidor yo soñara,

la existencia me arrancara

por no volverlo a soñar.

::::::::::::::

Mas ved:

(Vuélvese de improviso y dice señalando el cuadro de mujer de la izquierda.)

Si ella respirara

y el fruto de nuestro amor,

en holocausto a mi honor,

conmigo las inmolara.

Estos rasgos, unidos a otros muchos, quedan desmentidos altamente con su conducta final. Por demás intenta justificarse con la frívola excusa formulada en estos versos:

Yo a mi rey no soy traidor:

¡mi rey es traidor a mí!
¿Qué noble de aquella época, en la que el monarca siempre tenía razón, hubiera juzgado la conducta de su soberano de potencia a potencia como lo hace el espejo de lealtad Centellas, que tan alto ha hecho sonar en el drama la suya?
Sentimos que haya escapado a la certera sagacidad de Palou, que, vista la frescura con que el gobernador se disculpa de lo que debía forzosamente ser en concepto suyo el mayor de los atentados posibles, las bellas expresiones con que blasona de su acrisolada fidelidad, se rebajaban al nivel de fanfarronadas. Los demás caracteres son de insignificante o nula importancia, menos el simpático Tornamira que en un sólo rasgo da a conocer su hidalga condición. Dice así: TORN. ¿Y le habéis curado? (a Centellas.)
CONST. ¡Sí! Y esta tarde a Palma torna.
TORN. ¿Y podrá reñir?

Qué hábito de sentir limpiamente, qué nobleza revela esta pregunta:
¿Y podrá reñir?

Un lirismo sobrio y de gran valía enaltece a La Campana. Recuérdese la admirable comparación del sol que dora las nubes que quieren tapar su luz, los versos en que pinta Doña Constanza el cariño que profesa a Isabel, y los ardorosos arranques de amor filial de Don Jaime.

Lunares nacidos de las mismas cualidades que en La Campana resplandecen, hacen resaltar con más viveza las perfecciones que la adornan. El lenguaje peca algunas veces de incorrecto y de poco castizo. La robustez y energía del estilo rayan a menudo en aspereza.

Palou ha pasado en un sólo día de la oscuridad a la luz, encontrándose de súbito frente a frente al sol de su gloria que ni aurora ha tenido. España ha saludado al joven dramaturgo con hurras de universal admiración y aplauso.
Mallorca, sacudiendo sus hábitos de vida material, ha dado el tierno espectáculo de una madre cariñosa que llorando de gozo ciñe las sienes de un hijo amado con la corona de laurel que le granjearon sus triunfos. Desde el fondo de nuestro corazón enviamos la enhorabuena más entrañable a la Isla dorada que tan hermosamente ha galardonado las fatigas de uno de sus hijos que más la honran!
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